Esta ciudad, como miles en el mundo, muestra en sus calles a grandes talentos del arte urbano. Pero, ¿qué personaje se esconde detrás de un rutinario show de malabares?
Por Lourdes Colchado
Hoy en día, el arte en las calles de Trujillo convoca a varios jóvenes, especialmente extranjeros, quienes aprovechan el dinero que obtienen de su talento para viajar por varias ciudades y países del continente sureño.
Periplo y pasión. Angie Ocampo Tabares, natural de Ibagué (Colombia), dejó su tierra natal para viajar por toda Latinoamérica. Pero, ¿cómo pudo solventar sus gastos?
Angie cuenta que emprendió esta aventura trabajando como malabarista. Para ello, abandonó sus estudios universitarios. "No ha sido fácil, tuve que trabajar en los semáforos para poder sustentarme diariamente", señala. Sin embargo, lo que muchos creen como un simple pasatiempo, Angie lo ve como un estilo de vida. "Lo bueno de este trabajo es que disfruto de lo que hago, no tengo un jefe que me presione y me diga qué hacer, no tengo una oficina porque soy yo la que busco dónde trabajar y tampoco cuento con un horario que deba respetar”, refiere.
Ganancias. El malabarismo no es la única ocupación de Angie. La artista cuenta que también ha incursionado en la artesanía. Producto de estos dos trabajos, los ingresos diarios, que oscilan entre los 90 y 120 soles, le permiten contar con un hospedaje.
Formación. La colombiana revela que, desde pequeña, su atracción por los circos ha sido muy evidente y, conforme iba conociendo a más personas dedicadas a este arte, ese sentimiento se ha acrecentado. "Gracias a sus enseñanzas aprendí a realizar malabares en bicicleta, aros con fuego y ula; en el camino siempre aprendo una cosa nueva ya que con los viajeros que conozco nos ayudamos", manifiesta.
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